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  • Carlos Arroyo

Sakunami Onsen

Vamos en el tren rumbo a Sakunami. El propósito de este viaje es presentarme mi primera experiencia en un onsen, muchas veces descritos como baños termales japoneses, sólo que son mucho más que eso.


Mi amigo Cameron lo ha orquestado todo y el hecho de que él hable japonés, conozca esta zona del norte de Japón y sepa el protocolo me quita un gran peso de encima. Voy como quien sabe que está por vivir algo interesante, pero poco me imaginaba que encontraría en este pequeño pueblo japonés el recuerdo que más atesoro de mis tres meses viajando por el país.


(Fotografía tomada a la salida de Sakunami)


No sobra aclarar algunos puntos sobre la experiencia en un onsen: no es cualquier inmersión en aguas termales, se trata de un ritual de limpieza. Y prácticamente cada detalle me toma por sorpresa. Para empezar hay que dejar toda la ropa en un locker bastante alejado de las albercas con aguas termales. Es requisito indispensable entrar desnudos a las aguas después de bañarse. El área - como es de esperarse - es sumamente limpia, pero también concurrida. Mi pudor se relaja al notar la tranquilidad y naturalidad con la que los asistentes a este onsen portan su cuerpo desnudo de un lugar a otro. Es como si a nadie le importara la desnudez propia o ajena. Me siento en otro planeta.


Era febrero 2014 y la temperatura rondaba los -5ºC. Dificilmente el lugar ideal para estar desnudos a la intemperie, pensé. Aunque la sección principal del onsen se encontraba al interior del edificio, había una sección al descubierto, con vista a las montañas nevadas de la prefectura de Miyagi. Parte del ritual del onsen es sumergirse y salir a refrescarse ya que el agua realmente puede llegar a estar demasiado caliente. Durante esos momentos en los que se hacía necesario refrescarse, se podía salir de la alberca, dar la vuelta a un esquina y salir a un balcón con vista al paisaje nevado. Me di cuenta cuando llegamos que comenzaba a nevar, así que no quería perderme la vista. Esperé a que desocupara, y salí al balcón.


Supe de inmediato que no quería olvidar nunca ese momento. En ese instante me di cuenta de lo irreal de la situación: estaba de pie, humeante de vapor, solo, desnudo, en un balcón viendo la nieve caer sobre las montañas japonesas. Había en ese momento la vulnerabilidad de la desnudez y la novedad del país extranjero. Pero también había algo de primitivo en todo este asunto, un cuerpo humano, inquieto, imperfecto frente a la perfección infinita de las montañas.


¿De verdad está pasando esto? ¿De verdad estoy aquí?