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  • Carlos Arroyo

El privilegio de contar la propia historia.

Updated: Feb 6, 2021

Tuve la suerte de crecer con todos mis abuelos y abuelas presentes en mi vida. Muchos de los recuerdos de mi infancia los incluyen: las comidas, los olores, las historias, las frases típicas de abuela. No doy por sentado esa fortuna y constantemente de forma activa evoco esas memorias formativas.


Algo que siempre fascina de los abuelos y las abuelas (supongo que en todo el mundo) es el gran acervo de historias que tienen, y muchas veces las ganas que tienen de contarlas. Lamentablemente, los oídos de los nietos no siempre están atentos ni prestos a estas "historias de viejos". Es una pequeña tragedia de la vida: un caudal de conocimiento e historia familiar listo para ser transmitido, y unos oídos demasiado jóvenes para apreciarlo.


Algo que celebro de la facilidad de crear contenido en video y en audio hoy en día es que más papás y más abuelos tienen la oportunidad de registrar sus memorias, sus historias, sus sueños cumplidos y frustrados, sus gustos y disgustos para que las generaciones que vienen sepan que pueden regresar a esos archivos a ver y escuchar a sus ancestros. Y cuando estén lo suficientemente listos, puedan apreciarlos y deleitarse en las historias que los pusieron en el mapa.


Por lo general, las historias de nuestros abuelos, y tatarabuelos nos llegan de rebote en la forma de lo que puede recordar el tío o la prima o la mamá que alguna vez escuchó alguna anécdota. La mayoría de las historias familiares son pedacitos de rompecabezas que intentamos armar en retrospectiva cuando la fuente original se ha ido o ya no puede expresarse como antes. La necesidad que tenemos de saber de dónde venimos es fuerte. La urgencia por saberlo llega - a veces - demasiado tarde.



Como decía, tuve la fortuna de crecer con todos mis abuelas y abuelos vivos. Pero el tiempo va haciendo lo suyo y mi abuelo paterno ya no está. Recientemente mi abuela materna, mi persona favorita en el mundo, tuvo una embolia que le provocó afasias del lenguaje. Se encuentra actualmente en terapias correspondientes para ir recuperando la habilidad de expresarse. La pérdida del habla en su caso va más allá de no poder comunicar lo que siente, quiere y piensa. Meche es una fuente inagotable de canciones, poemas y chistes. Fue quien me enseñó a tocar mis primeras notas en guitarra, fue quien me inspiró a ser un lector serio, es quien me inspira a seguir escribiendo. El no poder llamarle cada semana para platicar y reír de todo y nada es sumamente doloroso.


Algo que no dejo de pensar desde que le ocurrió esto a Mechita es en cómo quisiera haber grabado en audio y en video más sobre nuestras charlas en su casa, haberla entrevistado directamente, abrirle el micrófono para comunicar su esencia a las generaciones que vengan. Estoy convencido de que todos tenemos en algún lugar de nuestro ser las ganas de contar nuestra historia, contar nuestra versión de los hechos, expresar cómo sentimos, cómo vivimos cierto suceso. Pero en ocasiones, las cosas son más complicadas que eso. Es posible que haya personas que no quieran que contemos nuestra versión de los hechos porque serían percibidos desfavorablemente. Y ahí es en donde el derecho a la propia historia entra en juego. Y no sólo eso, también el derecho a comunicarla, tratar de hallarle sentido en el ejercicio de la verbalización. Porque ¿qué somos si no un constante intento por autodescubrirnos? ¿Quién mejor que uno para expresar las vivencias propias ahora que la fortuna de estar vivo lo permite?


En un escrito anterior comenté la idea de que lo único que quedará de nosotros son nuestras historias, y ser testigo de lo pronto que puede desaparecer nuestra capacidad de expresarnos me ha inyectado un deseo intenso por crear.


El 13 de septiembre de 2019 tuve el acierto de pedirle a Meche que recitara y leyera algunos de sus poemas favoritos frente a la cámara. Ese día cobra más imprtancia a la luz del contexto actual. Este video deja inmortalizado su amor por la literatura y las palabras. Este video que registra su casa, sus cuadros, su tono de voz, hace una pequeña labor de contar su historia, porque cuando el privilegio de contar la propia historia se desvanece, el honor está en tender la mano y proyectar la voz de quienes no la tienen más.