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  • Carlos Arroyo

Lluvia en Tokio.

Updated: Feb 2, 2021

Había sido un día largo de caminar y explorar algunos barrios que tenía apuntados en una lista: Ebisu, Nakameguro, Shimo-Kitazawa, Jimbocho. Esos días de caminatas solo por una ciudad como Tokio me enseñaron mucho de la personalidad de cada uno de estos vecindarios, pero también de la personalidad y actitud de los japoneses hacia el viajero curioso, el extranjero maravillado.



Japón se reveló ante mi como una tremenda sorpresa. No sabía casi nada de la cultura, tradiciones, ideología o forma de ser de los japoneses, por lo que decidir viajar solo por Japón durante tres meses me confrontó con mi ignorancia y mi otredad. Me parecía que nunca me había sentido tan ajeno y tan "otro" como en Japón. Y la tremenda sorpresa a la que me refiero es que a pesar de que ser "otro" suele ser una circunstancia que separa, ser "un otro" en Japón fue una de las experiencias más hermosas que he tenido viajando.


Ahora bien, la experiencia de ser un "otro" no me era del todo ajena. Me acababa de convertir en un "otro" apenas hacía unos meses al abandonar la religión en la que crecí. En los Testigos de Jehová no hay much tolerancia para la diferencia o la divergencia de opinión. Y abandonar esta religión es el equivalente a quemar tu red de contactos. Es la forma más directa de tener cientos de amigos un día, y al siguiente estar solo. Y fue en este contexto personal, en el que me encontraba ahora siendo nuevamente un "otro" del otro lado del mundo por las calles de Tokio.


"Next stop: Iidabashi", se escuchó en las bocinas del metro más silencioso del mundo. Al salir de la estación veo que llueve con fuerza y yo no traigo paraguas ni impermeable. Pero - aunque tengo hambre - no tengo prisa, no me parece terrible salir a la banqueta, buscar un techito y refugiarme mientras pasa la lluvia. Observo la vida en Tokio pasar frente a mi, principalmente señores en traje con un maletin y viejitos con bolsas de los Konbini regresando a sus casas, seguramente a cenar alguna sopa caliente.


Mientras espero, un señor se acerca a mí y me da un paraguas. No entiendo muy bien lo que está pasando, pero yo no hablo japonés y él no habla inglés. Intento decirle con señas que no es necesario, que puedo esperar. Él insiste en decirme con señas que lo tome, que él tiene dos. Yo respondo con señas que en serio, que estoy bien. Él abre el paraguas y me lo entrega de nuevo. "Good night", dice por último, sonríe y se va.


Incrédulo comienzo a caminar hacia mi hospedaje con paraguas en mano y un par de lágrimas de asombro. Entendí esa noche que es posible entender y respetar la otredad de alguien en su totalidad y aún así ser amables, ser corteses, ser humanos. Llego a mi cuarto de hostal, me preparo un té y escribo en mi libreta: Japón se me revela como un país de gente buena.



Que viva todo aquel valiente

que tiende puentes,

y el valiente que los cruza.

- Jorge Drexler