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  • Carlos Arroyo

El miedo como brújula.

“The obstacle in the path becomes the path. Never forget, within every obstacle is an opportunity to improve our condition.”
- Ryan Holiday

He estado pensando un poco en el miedo. Esa sensación que nos invade cuando estamos por hacer algo nuevo y por lo tanto desconocido, algo dificil, algo para lo que no creemos estar listos.


No es una sensación placentera cuando el miedo se hace presente. Por lo general, la reacción que tenemos ante el miedo es la de replegarse, retirarse, abandonar la misión. Y no estoy diciendo que esto sea malo.


Al contrario, es posible que haya muy buenas razones para abandonar esa misión en particular. El miedo es un reflejo biológico que está ahí para protegernos. Es una función evolutiva para mantenernos vivos. Está bien sentir miedo cuando nos acercamos a un precipicio. Está bien sentir miedo cuando vamos por una calle oscura y vemos una sombra acercarse. Los instintos de lucha-huída-parálisis (fight or fligh modes) se activan cuando nos encontramos ante una situación peligrosa. Es fascinante analizar cómo nuestro cuerpo y mente están cableados de tal forma que su misión principal es mantenernos vivos, a pesar de las imprudencias, descuidos y situaciones irresponsables en las que a menudo nos encontramos.


Ahora bien, hay ciertos contextos en los que el miedo puede llegar a ser una barrera en perjuicio de nuestro propio crecimiento como personas. Un miedo fuera de control, en su afán por protegernos y mantenernos vivos, nos pudiera paralizar e impedir cualquier contacto con la realidad de nuestro entorno.


El miedo es lo que está detrás de la sobreprotección de ciertos padres hacia sus hijos. Se trata de una mezcla entre amor y miedo. Es posible amar tanto algo o a alguien que no queremos que absolutamente nada malo le pase y le construimos una burbuja de acero en la que ese objeto o ser preciado se mantenga a salvo de todo contacto con la realidad. Sobra decir que esto resulta ser contraproducente muy rápido. Casi se podría argumentar que se le hace más daño a esa persona con tanta protección porque se impide su desarrollo personal, el cual debe incluir - en su justa medida - cierto nivel de frustraciones, dolores, roturas de corazón, desaciertos, desengaños, desilusiones, y demás.


El desarrollo y crecimiento personal no está en el mero hecho de vivir y sentir estas situaciones sino en superarlas, crecer más allá de los límites de dichas frustraciones. Ahí es dónde ocurre el crecimiento y la maduración como personas, en la periferia de la famosísima zona de confort.


Todo esto para decir que me parece que el miedo no es sólo una sensación a la que hay que escuchar para no hacer algo, sino que es también una indicación de algo que tal vez sí deberíamos hacer. Me parece no sólo posible sino indispensable interpretar el miedo como una brújula que nos señala el camino del crecimiento. Ahí, en donde se siente la incomodidad, en esa conversación complicada, en ese salto profesional para el que creemos no estar totalmente preparados, en ese deseo por emprender lo que siempre quisimos hacer, ahí está el terreno fértil en el que podemos y debemos expandirnos. Y digo "debemos" porque dentro de nosotros hay una infinidad de personas que podríamos ser, y es imposible descubrirlo dentro de los muros de acero de las burbujas en las que - por autoprotección - insistimos en habitar.

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