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  • Carlos Arroyo

Bitácora fotográfica: El viejito del parque.

Updated: Jul 21

Al poco tiempo de que Dana y yo decidimos vivir juntes, adoptamos a una cachorrita callejera, Javiera se llama. La pandemia comenzaba recién, y con ella las medidas de distanciamiento obligatorias y voluntarias. La cantidad de horas que pasamos en confinamiento se veían interrumpidas por las constantes y necesarias salidas al parque con Javiera. El primer paseo del día me tocaba por lo general a mí.


Fue en uno de esos paseos matutinos que ví a un viejito sentado en una banca con un libro en mano, recibiendo el sol de las 7 am. La luz del amanecer acariciaba la escena. Me pareció una buena foto, así que tomé mi celular y lo fotografié.


Se volvió un hábito, y algo que esperaba cada mañana, encontrarme a este viejito siempre sentado en la misma banca, siempre resolviendo crucigramas, siempre bien peinado y bien arreglado: pantalón de vestir, camisa y un chaleco tejido.


Yo aprovechaba esos paseos también para hacer un poco de ejercicio, así que le daba dos o tres vueltas al parque corriendo. Mientras corría pensaba en cómo podría comenzar una conversación con este señor que tanto me intrigaba. Me di cuenta de que cuando terminaba su crucigrama, el viejito se levantaba, encendía un cigarro y caminaba por adentro del parque. En esa caminata saludaba al barrendero y a veces le hacía caricias a algún perro que se le acercaba.


Ésa es mi oportunidad, pensé.


Un día, cuando lo vi caminando por los senderos interiores con cigarro en mano, me acerqué a saludarlo. Los perritos son la mejor excusa para hablar con extraños.


- "Me llamo Jorge", me dijo. "Llevo viniendo a este parque por más de 10 años, antes venía con mi esposa, ahora sólo traigo mi crucigrama."


A segunda vista sé que ese comentario pudo significar que su esposa lo había abandonado, o que enfermó y no puede salir de casa, o que se divorciaron. En ese entonces lo entendí como que don Jorge había enviudado.


Seguí regresando a ese parque muchas mañanas durante varios meses antes de mudarme a otra colonia. En esos meses decidí comprar una cámara analógica usada, conseguí un rollo barato, se lo coloqué como pude y empecé a llevar esa cámara a todos lados. Una mañana vi a don Jorge en su lugar de siempre, y - a pesar de que ya nos saludábamos más cotidianamente - decidí no interrumpirlo y tomé una foto a lo lejos, con pleno desconocimiento de si la foto siquiera saldría bien de esa cámara vieja y de mecanismo desconocido.


Para mi sorpresa, la foto salió relativamente bien. Poco a poco me he sentido más cómodo experimentando con esta cámara que me remonta a tiempos pasados, pero que me regresa al presente. Porque eso es la fotografía para mí: una forma de estar presentes, de aprender a notar lo que otros pasan de largo.


La fotografía es una herramienta, pero también un espacio que uno aprende a habitar, un espacio en el que comenzamos a poner atención a lo que ocurre y a lo que no ocurre, que también importa. Aunque para ser sincero, no sé si es uno el que habita ese espacio o es ese espacio el que nos habita cuando decidimos salir con la cámara.